La estrella del sur

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No porque fuesen escasas las mujeres distinguidas en estas reuniones. En Transvaal como en América, en Australia y en todos los países en que los trabajos materiales de una civilización que surge absorben la actividad de los hombres, la cultura intelectual es, mucho más que en Europa, el monopolio casi exclusivo de las mujeres. Así es que, por lo común, resultan muy superiores a sus maridos y a sus hijos en instrucción general y refinamiento artístico. A todos los viajeros ha sucedido hallar, no sin alguna extrañeza y admiración, en la mujer de un minero australiano o de un squarter del Far-West, un talento musical de primer orden, asociado a los mayores conocimientos literarios o científicos. La hija de un tendero de Omaha o de un carnicero de Melbourne se sonrojaría al pensar que pudiese ser inferior en instrucción, en buenos modales, en cualquier clase de conocimiento, a una princesa de la vieja Europa. En el Estado libre de Orange, en el que la educación de las jóvenes está ya hace mucho tiempo al nivel que la de los muchachos, pero en donde éstos dejan quizá demasiado pronto los bancos de la escuela, este contraste entre los dos sexos es más marcado que en cualquier otra parte. El hombre es, en el hogar doméstico, el breadwinner, el que gana el pan; guarda toda su natural rudeza, toda la que le imprimen sus ocupaciones al aire libre, la vida de fatigas y peligros.


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