La estrella del sur
La estrella del sur Entre tanto, Cyprien habÃa sentido nacer en él, poco a poco, un sentimiento más profundo y más tierno hacia la joven. Se habÃa confesado que jamás encontrarÃa, para compartir su vida de trabajo y meditación, una compañera de corazón más sencillo, de inteligencia más despierta, más amable, más perfecta. En efecto, miss Watkins, privada de su madre desde niña, obligada a conducir la casa paternal, era ama de casa consumada, a la vez que una mujer de sociedad.
Esta misma mezcla singular de perfecta distinción y atractiva sencillez, era lo que le daba tanto encanto.
Sin tener las tontas pretensiones de tantas jóvenes elegantes de Europa, no temÃa introducir sus blancas manos en la pasta para preparar un pudding, cuidar de la comida y asegurarse de que la ropa de la casa se hallaba en debida forma. Eso no le impedÃa ejecutar las sonatas de Beethoven, tan bien y tal vez mejor que tantas otras, de hablar perfectamente dos o tres idiomas, de saber apreciar los modelos de todas las literaturas y, por último, de tener mucho éxito en las pequeñas asambleas mundanas que se celebraban en ciertas ocasiones en las casas de los ricos granjeros del distrito.