La estrella del sur
La estrella del sur Al siguiente dÃa Cyprien Méré decidió:
—Es preciso partir. Debo abandonar el Griqualandia. ¡Después de lo ocurrido con ese buen hombre, si me quedaba aquà un dÃa más serÃa una debilidad! ¡No quiere darme a su hija! Quizá tiene razón. En todo caso no puedo presentar en mi abono circunstancias atenuantes. Debo aceptar varonilmente este veredicto, por doloroso que sea, y contar con los cambios que produce el porvenir.
Y sin más titubeos, Cyprien se ocupó de empaquetar sus aparatos en las cajas que habÃa guardado para servirse a guisa de bufetes y armarios.
Se habÃa entregado con ardor a tal cosa, y trabajaba activamente después de una o dos horas, cuando, por la ventana abierta, y a través de la atmósfera matinal, una voz fresca y pura, subiendo como el canto de una alondra al pie de la terraza, llegó hasta él, interpretando una de las más encantadoras melodÃas del poeta Moore:
Es la última rosa del estÃo,
La única que quedó en flor;
Todas sus amables compañeras
Muertas o marchitas están ya…