La estrella del sur

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Cyprien corrió a la ventana y apercibió a Alice, que se dirigía hacia el cercado de sus avestruces con el delantal rebosante de golosinas de su gusto. Ella era la que cantaba.

Yo no te abandonaré.

No he de dejar que sola

Languidezcas sobre tu tallo.

Puesto que las otras bellas duermen,

¡Ve y duerme con ellas!

El joven ingeniero francés no se había creído jamás muy sensible a la poesía, pero ésta le conmovió profundamente. Se situó muy cerca de la ventana conteniendo el aliento, escuchando, o por mejor decir, bebiendo estas dulces palabras. La canción se detuvo. Miss Watkins distribuía la comida a sus avestruces y daba gusto verles alargar sus largos cuellos y sus torpes picos hacia la pequeña mano que los alimentaba.

Después que hubo terminado la distribución, volvió Alice a la casa, siempre cantando:

Es la última rosa del estío,

La única que quedó en flor.

¡Oh! ¿Quién va a habitar solo

Este sombrío mundo?…


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