La estrella del sur
La estrella del sur El joven ingeniero francés no se había creído jamás muy sensible a la poesía, pero ésta le conmovió profundamente. Se situó muy cerca de la ventana conteniendo el aliento, escuchando, o, por mejor decir, bebiendo ésta; dulces palabras. La canción se detuvo.
Miss Watkins distribuía la comida a sus avestruces y daba gusto verles alargar sus largos cuellos y sus torpes picos hacia la pequeña mano que los alimentaba.
Meré estaba de pie en el mismo sitio, los ojos húmedos, como sujeto por un encanto. La voz se alejaba; Alice iba a entrar en la finca; ella no se hallaba a veinte metros de distancia, cuando el ruido de unos pasos precipitados le hizo volver la cabeza y detenerse súbitamente. Cyprien Méré, con un movimiento irreflexivo, había salido de su casa, con la cabeza desnuda, y corriendo hacia ella.
—¿Miss Alice?…
—¿Monsieur Méré?
Hallábanse frente a frente, en pleno sol, sobre el camino que rodeaba la granja. Sus sombras elegantes se dibujaban fuertemente sobre la empalizada de madera blanca en el desnudo paisaje. Al verse Cyprien junto a la joven, pareció admirado de su acción, y se quedó indeciso.
—¿Tenéis algo que decirme, monsieur Meré? —repitió ella con sincero interés.