La estrella del sur
La estrella del sur —¡Partir! —exclamó—. Pero ¿y vuestra discÃpula? ¿Queréis abandonarla sin que haya terminado su curso de quÃmica? ¿Queréis que me quede en el oxÃgeno y que no llegue a conocer los misterios del ázoe? ¡Esto está muy mal hecho, caballero!
Alice procuraba mostrarse serena y bromear; pero el tono de su voz desmentÃa sus palabras.
Bajo esta apariencia de ligereza, habÃa un reproche profundo, que iba derecho hacia el corazón del joven. Le decÃa en lenguaje vulgar:
—¡Os vais!… ¿Y yo? ¿No me contáis por nada? ¡Habréis venido aquà a mostraras entre estos bóers y estos ávidos mineros como un ser superior y privilegiado, sabio, fiero, desinteresado; me habréis asociado a vuestros estudios, a vuestros trabajos; me habréis abierto vuestro corazón y hecho tomar parte de vuestras altas ambiciones, vuestras preferencias literarias, vuestros gustos artÃsticos…; me habréis revelado la distancia que hay entre un pensador como vos y los bimanos que me rodean; habréis puesto todo en juego para haceros admirar y amar… lo habréis conseguido… y después venÃs a anunciarme de buenas a primeras que partÃs, que vais a volver a ParÃs y apresuraras a olvidarme!… ¿Y creéis que voy a tomar este desenlace con filosofÃa?