La estrella del sur
La estrella del sur SÃ; todo esto habÃa en las palabras de Alice, y sus ojos húmedos lo decÃan tan bien, que Cyprien estuvo a punto de responder a este reproche tácito, pero elocuente:
—¡Es necesario!… Ayer os he pedido por esposa a vuestro padre y me ha rechazado sin dejarme la más remota esperanza… ¿Comprendéis ahora por qué parto?
Pero el recuerdo de su promesa se presentó a su mente.
Se habÃa comprometido a no hablar jamás a la hija de John Watkins del sueño que se habÃa forjado, y se hubiera juzgado despreciable si no hubiese cumplido su palabra.
Pero al mismo tiempo comprendÃa cuán brutal y casi salvaje era este proyecto de su inmediata marcha, concebido de pronto bajo el golpe de su desventura. Le parecÃa pues imposible abandonar asÃ, sin preparación, sin tregua, a aquella encantadora niña a quien amaba, y que le devolvÃa, bien se estaba viendo, una afección sincera y profunda.
Esta resolución que se habÃa impuesto a sà mismo no hacÃa aún hace dos horas, con el carácter de la necesidad más imperiosa, le causaba horror.
No se atrevÃa el joven ni aun a confesarlo…