La estrella del sur
La estrella del sur »A lo menos se podÃa esperar que los derechos privados serÃan respetados por nuestros injustos amos. Por mi parte, viudo ya y sin hijos a causa de la terrible epidemia de 1870, no me sentÃa con valor para ir en pos de una nueva patria, para crearme un nuevo hogar, el sexto o séptimo de mi larga carrera. Me quedé, pues, en Griqualandia. Casi solo en el paÃs, permanecà indiferente a la fiebre de diamantes que se apoderaba de todo el mundo, y me dediqué al cultivo de mis campos como si el yacimiento de Du Toit’s Pan no hubiese sido descubierto a un tiro de fusil de mi habitación.
»Pero ¡cuál no fue un dÃa mi sorpresa cuando vi que el muro de mi kraal, construido con piedras en seco, de acuerdo con la costumbre, habÃa sido demolido durante la noche y conducido a trescientos metros más lejos, en el centro de la llanura! En el sitio del mÃo, John Watkins, con ayuda de un centenar de cafres, habÃa levantado otro que empalmaba con el suyo, encerrando en su dominio un montÃculo de tierra roja y arenisca, hasta ese entonces absolutamente mÃo.
»Me quejé a este expoliador… ¡No hizo más que reÃrse! Dije que le demandarÃa… ¡Él mismo me aconsejó que lo hiciera!