La estrella del sur
La estrella del sur »Tres días más tarde tenía la explicación del enigma. Este montículo de tierra que me pertenecía, era pues una mina de diamantes. John Watkins, después de haber adquirido la certidumbre, se había apresurado a operar el traslado de mi cerramiento; después había corrido a Kimberley a declarar oficialmente la mina a su propio nombre.
»¡Pleiteé!… ¡Permita Dios, monsieur Méré, que jamás sepáis lo que cuesta pleitear en país inglés!…
»Uno a uno fui perdiendo a mis bueyes, mis caballos, mis carneros. Vendí hasta mi mobiliario, hasta mis ropas, para alimentar a esas sanguijuelas humanas que tienen por nombre solicitors, attorneys, sheriffes, etc. Por último, después de un año de marchas, de dilaciones, de esperanzas sin cesar desvanecidas, de ansiedades y disgustos, la cuestión de propiedad quedó definitivamente arreglada sin recurso ni casación posible.
»Había perdido mi proceso y además me encontraba arruinado. Una sentencia en firme declaraba que mis pretensiones carecían de fundamento, denegaba mi demanda y decía que era imposible al tribunal reconocer el derecho recíproco de las partes demandantes, pero que importaba para el porvenir determinar una línea de límite invariable, señalando en el 25 grado de longitud al Este del meridiano de Greenwich, la que debía separar en adelante ambos dominios.