La estrella del sur
La estrella del sur Unas veces le anunciaban una invasión inminente de basutos o de zulúes. Otras, en su presencia, fingÃan leer en un periódico un proyecto de ley condenando a la pena de muerte, en toda la extensión de las posesiones británicas, a todo individuo convicto de pesar más de trescientas libras, o bien le anunciaban que se habÃa recibido el aviso de la existencia de un perro rabioso en el camino de Driesfotein, y el pobre Mathys Pretorius, que tenÃa necesariamente que pasar por él para volver a su casa, buscaba mil pretextos para quedarse en el campamento.
Se hacÃa por adelantado, una pintura horrible de lo que sucederÃa entonces, si hombres ávidos, invadiendo sus campos, destrozando sus plantaciones, viniesen por remate de cuentas a expropiarle.
Porque ¿cómo dudar que la suerte de Jacobus Vandergaart no serÃa la suya? Los ingleses sabÃan muy bien encontrar razones para demostrar que aquella propiedad les pertenecÃa. Estos sombrÃos pensamientos, cuando se apoderaban de su imaginación, le ponÃan la muerte en el alma. Si por desgracia divisaba un prospectur[6] errando en torno a su finca, perdÃa las ganas de comer y de beber, y, a pesar de esto, engordaba cada vez más.