La invasion del mar

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No obstante, el suboficial Nicol constató con orgullo que el perro había recibido el bautismo de fuego, pues le había visto sacudir la cabeza de derecha a izquierda, y concluyó que una bala le habría silbado en las orejas.

El capitán Hardigan no juzgó conveniente perseguir a los asaltantes, que corrían a toda la velocidad de sus caballos, y que no tardaron en desaparecer detrás de un montículo que se dibujaba en el horizonte. Seguramente irían en busca de algún retiro, donde sería muy difícil encontrarlos. Los agresores no volverían a inquietar a la caravana, que podía seguir sin temor hacia el este del Rharsa.

El socorro había llegado tan oportunamente, que algunos minutos más tarde los camellos habrían caído en manos de los piratas del desierto.

El ingeniero interrogó al jefe de los camelleros, enterándose en qué condiciones habían sido atacados.

—¿Y sabe usted a qué tribu pertenece esa banda? —preguntó el capitán Hardigan.

—Nuestro guía asegura que son tuaregs.

—Dícese —repuso el ingeniero— que los tuaregs habían abandonado poco a poco los oasis del oeste para ganar el este de Djerid.

—¡Oh! Mientras haya caravanas no faltarán bribones para asaltarlas —observó el teniente Villette.


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