La invasion del mar
La invasion del mar La excursión del teniente Villette no debía durar más que medio día. Efectivamente, la distancia comprendida entre el kilómetro 347 y Gizeb no pasaba de veinte kilómetros. Sin forzar la marcha de los caballos, esta distancia podía ser franqueada en toda la mañana. Después de un alto de dos horas, bastaría la tarde para poder regresar al campamento en unión de Pointar.
A Mezaki habíanle dado un caballo, y se vio que era buen jinete, como todos los árabes. Trotaba a la cabeza, cerca del teniente Villette y del suboficial, en dirección del nordeste, que tomó en cuanto hubieron dejado el campamento a retaguardia.
Una inmensa llanura extendíase en todo el alcance de la vista: el desierto en toda su aridez, las arenas del cual brillaban a los rayos del sol. Por esta porción del Djerid no pasaba a la sazón ni un ser viviente.
Ninguna caravana la atravesaba entonces para ganar alguna importante villa del Sahara, Uargla o Tuggurt, en el límite del desierto. Ningún rebaño de rumiantes vagaba por los contornos, para sumergirse luego en las aguas del riachuelo, como hacía el perro, produciendo la envidia de Adelantado, que le veía saltar cubierto de gotitas brillantes.
La tropa iba remontando la orilla izquierda del curso del agua. A una pregunta que el oficial le dirigiera, Mezaki contestó: