La invasion del mar
La invasion del mar —Si, seguiremos todo el rÃo hasta el oasis de Gizeb, por medio del cual pasa.
—¿Está habitado este oasis?
—No —contestó el indÃgena—; por esta razón al dejar Zeribet tuvimos que proveemos de vÃveres.
—¿De suerte que la intención de Pointar era acudir al punto designado por el ingeniero?
—Desde luego; y yo vine para asegurarme de que los beréberes lo habÃan abandonado.
—¿Y estás seguro de que le encontraremos en Gizeb?
—Si, allà le dejé, donde convinimos que me esperarÃa. Si apretáramos a los caballos, llegarÃamos en un par de horas.
No era posible forzar la marcha bajo aquel sol abrasador, y asà lo hizo ver el suboficial. Además, con una marcha moderada estarÃan al mediodÃa en el oasis, y después de dar algún descanso a los caballos podÃan estar de regreso en Goleah antes de anochecer.
Verdad es que, a medida que el sol remontaba sobre el horizonte, el calor hacÃase más intenso, y los pulmones respiraban un aire abrasador.