La invasion del mar

La invasion del mar

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—Por todos los diablos, mi teniente —repetía Nicol—, no he tenido tanto calor en los tres años que llevo de africano. Es fuego lo que se respira, y, si bebiera uno agua, herviría en el estómago… ¡Y al menos si pudiera uno aliviarse sacando la lengua como el perro…! Vea usted, le cuelga hasta el pecho…

—Haga usted otro tanto Nicol —le dijo el teniente Villette—; haga lo mismo, aunque no sea reglamentario.

—¡Si pudiera!… Más valdría cerrar la boca y abstenerse de respirar. Pero este medio…

—Creo que el día no terminará sin que haya una fuerte tormenta.

—Así lo creo —contestó Mezaki, que por su condición de indígena resistía mejor estas excesivas temperaturas.

Y añadió.

—Tal vez lleguemos antes a Gizeb, donde podremos guarecernos al abrigo del oasis y dejar pasar la borrasca.

—Así sea —repuso el teniente—. Apenas si se dibujan algunas nubes hacia el norte, y aquí no se deja sentir el viento.

Estas tormentas de África no necesitan viento; marchan solas, como los vapores que hacen la travesía de Marsella a Túnez… ¡Parece que llevan una máquina en la tripa!


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