La invasion del mar
La invasion del mar Cualquiera que fuese el ardor de la temperatura y aunque la fatiga fuese el resultado, el teniente Villette apretaba la marcha. Tenía prisa en finalizar esta etapa; una etapa de veinte kilómetros sin parar, a través de esta llanura sin abrigo. Esperaba adelantarse a la tormenta; ésta tendría todo el tiempo para desencadenarse durante la parada de Gizeb. Sus espahíes, entonces, reposarían y se reharían con las provisiones que llevaban en su saco. Después, con el gran calor meridiano pasado, se pondrían en ruta hacia las cuatro de la tarde, y, antes del crepúsculo, estarían de vuelta en el campamento.
Los caballos sufrieron tanto durante esta etapa, que los jinetes no pudieron mantenerlos al trote. El aire era irrespirable bajo la influencia de esta amenazadora tempestad. Las nubes, que hubieran podido velar el sol, ascendían con lentitud extrema, y la tropa habría llegado seguramente al oasis antes de que hubiesen invadido el cielo hasta el cenit. Todavía no cambiaban entre ellas sus descargas eléctricas, y el oído no percibía aún el lejano rodar de los truenos.
La llanura abrasadora prolongábase indefinidamente, sin que se advirtiese ni un punto que pudiera indicar su término.
—¡Eh, tú! —repetía el suboficial, interpelando al guía—. ¿Dónde diablos está ese maldito oasis?