La invasion del mar

La invasion del mar

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Cuando el teniente Villette estuvo al corriente de lo sucedido, se mostró no menos sorprendido que Nicol.

—Pero, en fin —le preguntó a Mezaki—, ¿estás seguro de no haberte equivocado?

—Segurísimo, puesto que he seguido para venir desde el kilómetro 347 el mismo camino que para ir allá…

—¿Es éste el oasis de Gizeb?

—Sí, Gizeb; siguiendo, como hemos seguido, todo el curso del agua, no es posible equivocarse.

—Entonces, ¿dónde pueden estar Pointar y sus hombres?

—En alguna otra parte del bosque, pues no comprendo que hayan podido volver a Zeribet…

—Dentro de una hora recorreremos el oasis —concluyó el teniente Villette.

Mezaki sacó los víveres de su saco, y sentándose algo apartado, en el borde del arroyo, se puso a comer.

El teniente y su inmediato subordinado sentáronse a comer al pie de una palmera, y a su lado el perro, que engullía todo lo que le echaba su amo.

—Es singular —repetía Nicol— que no hayamos visto a nadie, ni encontrado el menor vestigio de campamento.

—¿Y el perro no ha olfateado nada? —preguntó el oficial.

—Nada.


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