La invasion del mar
La invasion del mar —Diga usted, Nicol, ¿no hay ya motivos para sospechar de Mezaki? —preguntó el oficial, mirando de reojo al árabe.
—A fe mÃa, mi teniente, que al principio desconfié de él, y bien sabe usted que no lo oculté. Nosabemos quién es, ni de dónde viene… Pero lo cierto es que hasta ahora no ha dado lugar para que recelemos de él. Además, ¿qué interés habÃa de tener en engañarnos? ¿Con qué propósito habÃa de habernos traÃdo a Gizeb si Pointar y sus hombres no estuviesen o hubieran estado aquÃ?… Bien sé que con estos demonios de árabes no está uno nunca seguro. No cabe duda de que reconoció al ingeniero, y todo hace creer que es uno de los árabes al servicio de la CompañÃa.
El oficial dejaba explayar a Nicol, cuya argumentación no carecÃa de lógica; pero, no obstante, seguÃa pareciéndole extraordinario no haber encontrado en el oasis ninguno de los obreros a las órdenes de Pointar.
Si éste y los suyos sabÃan que Mezaki iba en busca del ingeniero, ¿por qué no habÃan esperado su regreso? ¿Cómo no habÃa salido al encuentro del grupo de espahÃes, que debÃan de haber divisado desde lejos?… Y si se habÃan retirado al interior del bosque, ¿qué causa les habÃa obligado a ello? ¿PodrÃa admitirse que se hubiesen remontado hasta Zeribet?