La invasion del mar
La invasion del mar La tromba encontró en su camino a la columnita de espahíes, produciendo entre los jinetes un espantoso desorden. No se veía nada, no se oía nada, no se sentía nada. El torbellino lo envolvía todo, dirigiéndose vertiginoso hacia las llanuras meridionales del Djerid.
El teniente Villette no podía darse cuenta de la dirección en medio de la tormenta. Que sus hombres y él hubiesen sido arrastrados hacia el chott era posible, pero alejándose del campamento.
Afortunadamente, sobrevino una lluvia torrencial y la tromba pasó, en medio de una profunda oscuridad.
El pelotón hablase dispersado, y era necesario reunirlo. A la luz de los relámpagos, el oficial había podido reconocer que el oasis estaba ya a un kilómetro hacia el sudeste.
Después de repetidas llamadas, hombres y caballos lográronse reunir. De pronto exclamó Nicol:
—¿Dónde está el árabe?
Los dos espahíes encargados de vigilar a Mezaki no pudieron responder. Habían sido violentamente separados el uno del otro en el momento en que la tromba los arrastraba entre su torbellino.
—¡El canalla se ha largado! —repetía el suboficial—. Se ha largado, y con él su caballo… o mejor dicho, nuestro caballo… Este indígena nos ha engañado miserablemente.
El teniente callaba sumido en sus reflexiones.