La invasion del mar

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Enseguida el perro rompió a ladrar furiosamente, y antes de que Nicol pudiera detenerle, se lanzó de un salto en dirección del campamento.

—¡Aquí, ven aquí! —gritaba Nicol.

Pero fuese que no le hubiera oído, o que no le quisiera oír, lo cierto es que el perro desapareció en la oscuridad.

Después de todo, tal vez el perro se hubiese lanzado en persecución de Mezaki, y este esfuerzo no hubiera podido pedirlo Nicol a su caballo, fatigado hasta el extremo.

Entonces fue cuando al teniente Villette le asaltó la idea de si, durante su ausencia, habría ocurrido alguna desgracia en Goleah, o si el ingeniero, el capitán Hardigan y sus hombres corrían algún peligro. La inexplicable desaparición del árabe hacía posibles todas las hipótesis, justificando la sospecha de haber sido víctimas de un traidor.

—¡Al campamento todo lo deprisa posible! —Mandó el teniente.

Era noche cerrada, a pesar de que el sol acababa de desaparecer tras del horizonte. Dirigirse hacia el oasis resultaba difícil, porque no se distinguía ninguna luz que indicase la posición del campamento.


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