La invasion del mar

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Y era esto tanto más alarmante cuanto que el ingeniero no hubiese descuidado esta precaución para asegurar el regreso del teniente. El combustible no faltaba seguramente… A pesar del viento y de la lluvia, hubiérase podido mantener una hoguera, cuyo resplandor fuera visible a una regular distancia, y la tropa estaba, aproximadamente, a medio kilómetro.

—Marchemos —dijo el teniente, dirigiéndose al suboficial—, ¡y quiera Dios que no lleguemos demasiado tarde!

Como se habían desviado algo de la verdadera dirección, la marcha se prolongó algún tanto, y serían ya las ocho y media cuando la tropa hizo alto en el Melrir.

Nadie salió a recibirla, y sin embargo los espahíes habíanse dado a conocer por gritos repetidos.

Algunos minutos después, el teniente distinguió la explanada donde debían encontrarse los carros y las tiendas.

Tampoco allí había nadie; ni el ingeniero, ni el capitán, ni el cabo, ni los demás espahíes.

Se les llamó a grandes voces; se dispararon los fusiles… Nadie dio señales de vida. Encendiéronse ramas resinosas, que proyectaron su claridad a través de los macizos.


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