La invasion del mar

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Si el sol no hubiera estado oculto por una espesa capa de nubes, hubiérase podido percibir desde allí el Melrir. Pronto empezaron a distinguirse vagamente los macizos del oasis, y admitiendo que faltase una hora para llegar, no habría cerrado del todo la noche cuando los expedicionarios franquearan los primeros árboles.

—¡Vamos, amigos míos, valor! —repetía el oficial—. Hay que hacer un último esfuerzo.

Pero por duros que fuesen sus hombres, el teniente comprendía que habían llegado al límite de la resistencia y que poco faltaba para que el desorden invadiese las filas. Ya algunos jinetes quedaban rezagados, y, para no abandonarlos, fuerza era suspender la marcha unos instantes.

Era de desear que la tormenta se mostrase por algo más que por truenos y relámpagos. Más valía, para hacer el aire respirable, que las enormes masas de vapores se resolviesen en lluvia. Era aire lo que faltaba, y los pulmones funcionaban cada vez peor en medio de esta asfixiante atmósfera.

El viento sopló al fin, pero con violencia, debido a la extrema tensión eléctrica del espacio. Formáronse opuestas corrientes de una extraordinaria intensidad, con terribles remolinos en los puntos de encuentro.


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