La invasion del mar

La invasion del mar

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Las nubes cubrían ya el cielo por completo y sentíase una gran tensión eléctrica. Los primeros relámpagos rasgaron el espacio y el trueno se hizo sentir con ese terrible estruendo particular en las llanuras del desierto, donde los sonidos no encuentran eco alguno que los repercuta.

Por otra parte, ni el más ligero soplo de viento, ni una sola gota de agua. Los humanos seres abrasábanse en medio de aquella atmósfera y los pulmones respiraban un aire de fuego.

Sin embargo, el teniente Villette y los suyos podrían regresar, a costa de grandes fatigas, y sin mucho retraso, de no empeorar el estado de la atmósfera. Pero podía sobrevenir de un momento a otro el viento y la lluvia; ¿dónde refugiarse en aquella explanada árida, que no ofrecía ni siquiera un árbol?

Lo importante era llegar al kilómetro 347 en el más breve plazo.

Llegó un momento en que todos los esfuerzos de los jinetes resultaban inútiles. Los caballos no respondían ya a la espuela, y hasta el brioso Adelantado llegó a dar muestras tales de cansancio, que su dueño llegó a temer que se le acostara sobre la arena calcinada por los rayos del sol.

Animados de continuo por su jefe, el pelotón de espahíes había recorrido, a las seis de la tarde, las tres cuartas partes del camino.


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