La invasion del mar

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—Basta, Nicol —dijo severamente—. Vamos a ponernos en marcha hacia Goleah, y Mezaki nos acompañará.

—Entre dos de nuestros hombres…

—Estoy dispuesto —contestó fríamente el árabe, cuya mirada, inflamada un instante por la cólera, recobró su habitual indiferencia.

Los caballos, rehechos con el pasto, abrevados en el agua corriente, estaban ya en condiciones de franquear la distancia que separa Gizeb del Melrir. La reducida tropa estaría seguramente de regresó antes de la noche.

Su reloj marcaba las cuatro y cuarenta cuando el teniente dio la orden de partida. El suboficial se colocó junto a él, y el árabe entre dos espahíes que no habían de perderle de vista.

Hay que advertir que los soldados compartían con Nicol las sospechas respecto a Mezaki, y aunqueel oficial no quería hacerlo ver, no cabe duda que experimentaba análoga desconfianza. Así es que todos tenían gran prisa por llegar al campamento y por informar al capitán Hardigan y al ingeniero de lo que ocurría, para que ellos resolviesen, en vista de que no era posible reanudar los trabajos con los obreros desaparecidos.

Los caballos caminaban rápidamente, sobrexcitados por la tempestad que no tardaría en desencadenarse.


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