La invasion del mar

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—Aquí estaban ayer los operarios y el jefe… Pointar mismo fue quien me mandó a Goleah… Tienen que haberse marchado esta mañana.

—¿Pero dónde habrán ido, según tú? —preguntó el teniente Villette.

—Tal vez a las obras.

—No, porque los hubiéramos encontrado. —No habrán tomado el mismo camino.

—¿Y por qué habían de seguir uno distinto?

Mezaki no supo qué contestar.

Serían las cuatro de la tarde cuando el oficial regresó a donde dejara el resto de su fuerza.

Las pesquisas habían resultado infructuosas. El perro no se había lanzado por ninguna pista. Todos los signos hacían creer que el oasis no había sido frecuentado en mucho tiempo ni por la gente de Pointar, ni por el personal de una cáfila.

Entonces el suboficial, no pudiendo resistir más a un pensamiento que le dominaba, se aproximó a Mezaki y le dijo mirándole fijamente:

—¡Eh, tú! Me parece que has querido jugarnos una pasada.

Mezaki mantuvo imperturbable la mirada de Nicol, y se encogió de hombros de un modo tan desdeñoso que el suboficial lo hubiera agarrado por la garganta de no habérselo impedido el teniente Villette.


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