La invasion del mar
La invasion del mar El oasis no tenía más que unas 25 hectáreas, y jamás había sido habitado por indígenas sedentarios, siendo únicamente un lugar de descanso para las caravanas que se dirigían de Biskra al litoral.
El teniente y su guía marcharon en aquella dirección media hora. La espesura de los árboles no impedía ver el cielo, por donde se deslizaban grandes volutas de vapor que iban ya tocando el cenit.
Allá en el horizonte iban propagándose los sordos rumores de la tormenta, y algunos relámpagos iluminaban las lejanas zonas del norte.
Llegado al límite del oasis, el teniente se detuvo. Ante él extendíase la amarillenta llanura silenciosa y desierta.
Si la cuadrilla había dejado Gizeb, donde, según Mezaki, había quedado la víspera, ya debían de estar lejos, bien hubiesen tomado el camino de Zeribet o el de Nefta.
Pero había que comprobar si estaban acampados en algún otro paraje del oasis, y las investigaciones continuaron, volviendo hacia el riachuelo.

Anduvieron una hora más el oficial y sus hombres sin encontrar huellas de campamento. El árabe parecía muy sorprendido.
A las interrogadoras miradas del oficial, Mezaki respondía invariablemente: