La invasion del mar
La invasion del mar —Cuando a uno le encierran en una prisión, lo primero que debe hacer es visitarla —observó el ingeniero.
—Y lo segundo, escaparse —añadió el capitán Hardigan.

Todos recorrieron el patio interior, en medio del cual alzábase el minarete. A primera vista reconocieron que las murallas que lo rodeaban, de unos 20 pies de altura, eran infranqueables. No se descubrÃa en ellas brecha alguna. Una sola puerta, que se abrÃa sobre el camino de ronda, daba acceso al patio central. Sohar habÃala cuidadosamente cerrado tras de sÃ, y su espeso herraje era capaz de resistir a todos los esfuerzos. Aquélla era la única salida posible, y, aun consiguiendo salir por aquÃ, era preciso contar con la segura vigilancia del exterior.
HabÃa cerrado la noche, una noche que los prisioneros tendrÃan que pasar en la oscuridad más completa, pues no les era posible procurarse luz. Tampoco disponÃan de alimentos. Durante las primeras horas, esperaron en vano que les llevaran vÃveres y agua para apagar la sed que les devoraba.