La invasion del mar

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Al día siguiente y a la misma hora, las provisiones fueron depositadas, como la víspera, y todo inducía a creer que la situación no cambiaría en aquel día.

Durante la siguiente noche, el perro no acudió a la puerta de la prisión; al menos Pistache no lo oyó, preguntándose con inquietud si el pobre animal habría sido víctima de algún atentado de parte de aquella canalla. En los dos días que se sucedieron no hubo que señalar novedad digna de mención. El oasis ofrecía su aspecto normal.

El 24, a las once de la mañana, el capitán Fiardigan, que estaba de observación en el minarete, notó cierto movimiento en Zenfig. Oíase demasiado tumulto de caballos y ruido de armas. Al mismo tiempo, la población se dirigía en masa a la plaza principal, hacia la cual se encaminaban numerosos jinetes.

¿Habría sonado la hora para el capitán Hardigan y sus compañeros?

No, tampoco era aquél el momento elegido.

Tratábase únicamente de la próxima partida del jefe tuareg. A caballo, en medio de la plaza, pasaba revista a un centenar de jinetes.

Media hora después, Hadjar poníase a la cabeza de aquella tropa, y, al salir del poblado, dirigióse hacia el este del Hinguiz.

El capitán bajó donde estaban sus compañeros para anunciarles la novedad.


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