La invasion del mar
La invasion del mar No, no se quejaba; saltaba alegre en torno al cabo, como si quisiera arrastrarlo hacia el punto de donde venÃa; y como Pistache se dispusiera a seguirle, el capitán le ordenó:
—No; quédese usted. Esperemos a que amanezca y veremos lo que se ha de hacer. El cabo obedeció, y cada cual recobró el sitio que los rugidos de las fieras habÃan hecho abandonar. El sueño no fue turbado de nuevo por ningún incidente, y cuando los fugitivos se despertaron, el sol empezaba a desbordar el horizonte del Melrir. El perro se lanzó de nuevo hacia el interior del bosque, y, cuando volvió, pudo comprobarse que tenÃa huellas de sangre fresca. —Decididamente —dijo el ingeniero— hay algún animal herido o muerto. Uno de los leones que esta noche se han batido… —¡Lástima que no se pueda comer, pues nos lo engullirÃamos con mucho gusto!— dijo uno de los espahÃes.
—Vamos a ver lo que pasa —repuso Hardigan.
Todos siguieron al perro, que les precedÃa ladrando, encontrando a unos cien pasos a un animal bañado en sangre.
