La invasion del mar
La invasion del mar No era un león, sino un antÃlope, que las fieras habÃan matado, y por cuya presa se batieron sin duda, concluyendo por abandonarla. ¡Ah, qué suerte! —exclamó el cabo—. ¡Vaya una pieza!… Llega muy a punto para proporcionarnos carne para todo el viaje. Era, verdaderamente, un dichoso azar. Los fugitivos no tenÃan que limitarse a los tubérculos y a los dátiles. Los espahies y Pistache se pusieron a la tarea y cortaron los mejores pedazos del antÃlope, dándole su parte al perro. Total, unos cuantos kilogramos de excelente carne, que, asada sobre las ascuas, proporcionaron a los pobres franceses un suculento almuerzo, del que hacia mucho tiempo no disfrutaban.
El sustancioso refrigerio les proporciono nuevas energÃas, y cuando concluyeron de comer, la satisfacción era general.
—En marcha —dijo el capitán Hardigan—; no hay tiempo que perder; continuamos bajo la amenaza de la persecución de los tuaregs de Zenfig.
Antes de partir observaron con gran atención toda la llanura del Hinguiz, sin que en todo el espacio que la vista podia abarcar descubrieran un ser viviente.