La invasion del mar
La invasion del mar No solamente las fieras y los rumiantes no se atrevÃan a aventurarse sobre aquellas desoladas regiones, sino que ni los pájaros podÃan cruzarlas de un vuelo. Y por que lo habrÃan de hacer, puesto que los diversos oasis del Hinguiz les proporcionaban los recursos que no les habrÃa procurado la árida superficie del chott?
—Si existiera ya el mar del Sahara —dijo el ingeniero—, ¡que cómodamente harÃamos el viaje a bordo de un vapor!
—Desde luego —dijo Pistache riéndose—; pero si habÃamos de esperar el barco que habÃa de transportarnos, ya podÃamos armarnos de paciencia.
—Indudablemente —contesto el señor de Schaller—; pero persisto en creer que la inundación del Rharsa y del Melrir se efectuara en menos tiempo del que se supone.
—Aunque no durara más que un año, seria demasiado para nosotros —replico jocosamente el capitán—. En cuando los preparativos estén terminados daré la señal de partida.
—Vamos, señor Francois —dijo entonces Pistache—, es preciso mover bien las piernas; y procure usted que hagamos pronto alto en un poblado donde haya peluquerÃa, porque si no vamos a concluir por tener unas barbas de capuchino.