La invasion del mar
La invasion del mar —¡Si, de capuchino! —murmuro el señor Francois, que ya no se reconocÃa cuando las aguas de un arroyo reflejaban su peluda cara.
Los preparativos no podÃan ser ni largos ni complicados en las condiciones en que marchaban los fugitivos. Sin embargo, algo los retraso la necesidad de asegurar el sustento para los dos dÃas que les quedaban de viaje hasta el Goleah. No tenÃan a su disposición mas que los pedazos de antÃlope, del que sólo habÃan comido una pequeña parte. Pero ¿cómo proveerse de fuego durante la travesÃa? Aqui, al menos, los combustibles no faltaban, y las ramas rotas por las violentas ráfagas del Djerid llenaban el suelo.
El cabo y los dos espahies encendieron una buena hoguera, que proporciono abundantes brasas donde asar la carne, que fue partida en seis partes iguales, tomando cada cual la suya, que envolvieron en hojas frescas.
A juzgar por la posición del sol, que se elevaba en medio de rojizas brumas que anunciaban una cálida jornada, serian las siete de la mariana.
Las etapas sucesivas serian muy duras, porque no dispondrÃan de abrigo contra los ardores de los rayos solares. A esta lamentable circunstancia habÃa que añadir otra, cuyo peligro era más serio.