La invasion del mar
La invasion del mar Eran las cinco de la tarde. El capitán Hardigan habÃa comprendido que sus compañeros no podÃan ir más lejos; y, sin embargo, el lugar no tenÃa nada de propicio para acampar. La llanura rasa y pelada; ni el más ligero declive, ni una gota de agua potable. Algunos pájaros atravesaban rápidamente esta región desolada para ganar los oasis próximos a varias leguas de allÃ, sin duda.
En aquel momento el cabo se aproximó al oficial y le dijo:
—Sea dicho con todo respeto, mi capitán, creo que podrÃamos hacer algo mejor que acampar aquÃ, donde nos podrÃan ver los tuaregs.
—¿Dónde, pues?
—Mire usted, hacia allÃ, a menos que yo no me engañe, veo como una especie de duna, que se marca allá abajo, con algunos árboles encima.
Y, con la mano extendida hacia el nordeste, Pistache mostraba un punto de la hondonada, distante unos tres kilómetros.
Todas las miradas siguieron aquella dirección. Pistache no se habÃa engañado. HabÃa allÃ, por fortuna, una de esas colinitas que son como jorobas del desierto, un tell, por encima del cual se perfilaban tres o cuatro árboles, bien raros en aquella región. Si el capitán Hardigan y sus compañeros podÃan llegar hasta allÃ, pasarÃan la noche en mejores condiciones.