La invasion del mar
La invasion del mar En aquel momento, el perro dio muestras de una singular agitación. Varias veces descendió hasta el pie del tell, y, la última, subió completamente mojado, como si acabase de salir de una balsa de agua.
—Si, es agua, agua —repetÃa Pistache—; y hasta se dirÃa que es agua de mar. Esta vez no se trata de sangre.
Esta observación aludÃa a lo sucedido cuando el perro reapareció lleno de sangre del antÃlope estrangulado por las fieras.
HabÃa, pues, alrededor de aquella colinita una capa de agua, lo suficientemente profunda para que el perro pudiera zambullirse. Y, sin embargo, cuando los fugitivos llegaron al tell no habÃa semejante lÃquido.
¿Era, pues, que acababa de efectuarse un súbito descenso del suelo, elevándose a la superficie el agua de las capas inferiores, convirtiendo el tell en islote?
¡Con qué temerosa impaciencia esperaron el dÃa! Imposible conciliar de nuevo el sueño. Además, la intensidad de las perturbaciones subterráneas iba aumentando por instantes. Era de suponer que las fuerzas plutonianas y neptunianas luchaban entre sÃ, modificando poco a poco la estructura de la vasta hondonada. A veces producÃanse sacudidas tan violentas, que los árboles se curvaban, como a impulsos de una ráfaga huracanada, amenazando desgajarse.