La invasion del mar

La invasion del mar

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¡Con qué lentitud transcurrieron las horas de aquella noche del 26 al 27 de abril! El ingeniero y el capitán debieron envidiar a sus compañeros, a quienes la fatiga sumía en un profundo sueño, del que no les hubiera sacado ni un cañonazo.

A pesar del estado eléctrico de la atmósfera, no se desató la tempestad, y aunque la brisa había caído, produjéronse ciertos rumores que turbaban el silencio. Sería poco más de media noche cuando los rumores se convirtieron en acentuados ruidos.

—¿Qué es lo que sucede? —preguntó el capitán Hardigan, incorporándose.

—No sé qué es esto —contestó el ingeniero.

—¿Será una tempestad lejana?…

—No, más bien parecen ruidos subterráneos.

No hubiera tenido nada de extraordinario. Se recordará que, cuando se efectuaron los trabajos de nivelación, Roudaire había comprobado que la superficie del Djerid estaba bajo la influencia de oscilaciones de una amplitud bastante considerable, que más de una vez dificultaron sus operaciones. Estas oscilaciones eran, sin duda, debidas a algún fenómeno sísmico que se verificaba en las capas inferiores.

El cabo Pistache y el señor Franwis acababan de ser despertados por los rumores subterráneos, cuya intensidad era creciente.


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