La invasion del mar
La invasion del mar El suelo iba ascendiendo gradualmente, al mismo tiempo que hacÃase más consistente. En su superficie habÃa algunas matas rugosas, a las cuales los dedos pudieron agarrarse, y fue asà como todos, tras haber dado Pistache un último golpe de mano al señor Francois, se encontraron en el tell.
¡Al fin llegaron a la altura!
SerÃan las ocho de la noche. La oscuridad impedÃa ver los alrededores. Tendiéronse al pie de los árboles, disponiéndose a reparar sus fuerzas con alimento y reposo. El cabo, el señor Francois y los dos espahÃes no tardaron en dormirse; pero Hardigan y su compañero hicieron vanos esfuerzos para conciliar el sueño, al que las preocupaciones cerraban el acceso. ¿No se encontraban como unos náufragos lanzados sobre un islote desconocido, y sin saber si lo podrÃan dejar? ¿EncontrarÃan pasos practicables al pie de este tell? Al dÃa siguiente, ¿deberÃan aventurarse todavÃa en un terreno movedizo? Y ¿quién sabrÃa si, incluso, en la dirección de Goleah, el fondo del chott no descenderÃa aún más?
—¿A qué distancia cree usted que estamos de Goleah? —preguntó el capitán al ingeniero.
—De doce a quince kilómetros —contestó el señor de Schaller.
—¿De suerte que habremos hecho ya la mitad del recorrido?
—Asà lo creo.