La invasion del mar
La invasion del mar No se puede dar una idea de lo que fue la azarosa marcha durante una hora más sobre este suelo traicionero. Los fugitivos no podÃan avanzar sin riesgo de quedar sepultados. Deslizábanse sobre la arena, los unos cerca de los otros, a fin de sostenerse mutuamente en caso de necesidad.
En esta parte de la depresión, el fondo continuaba bajando. Era como un gran cauce en el que se debÃan acumular las aguas y que alimentaba la red hidrográfica del chott.
No habÃa más que una probabilidad de escapar con bien: llegar al tell señalado por Pistache. Allà seguramente el suelo tendrÃa la necesaria consistencia para pasar la noche con tranquilidad.
Pero en medio de la oscuridad resultaba dificilÃsimo orientarse. Apenas se advertÃa el tell. No se sabÃa si echar a la derecha o a la izquierda.
El capitán Hardigan y sus compañeros caminaban al azar, y sólo el azar podÃa mantenerlos en el buen camino.
Al fin, el perro, que era el verdadero guÃa, ladró precipitadamente.
—¡Ya estamos en la altura! —dijo el cabo.
Efectivamente, a muy corta distancia estaba el tell. Los ladridos del perro eran un llamamiento a los pobres fugitivos, que hubieron de hacer un considerable esfuerzo.