La invasion del mar

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El capitán Hardigan, el ingeniero, el señor Francois y los dos espahíes marchaban en fila. El suelo era cada vez más inconsistente. La corteza cedía bajo el pie, que se hundía a veces hasta la rodilla, dejando salir a la superficie el agua subterránea. En un momento, el señor Frallois, que se había apartado un tanto hacia la derecha, se hundió de pronto hasta la cintura.

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—¡A mí, a mí! —gritó, debatiéndose para no ser engullido por completo.

—¡Allá voy, allá voy! —le contestó el cabo, acudiendo inmediatamente en su socorro.

Todos hicieron alto al mismo tiempo; pero el primero en llegar junto al señor Francois fue el perro, que le sirvió de asidero, agarrándose fuertemente al cuello del robusto animal.

El digno hombre salió del atasco hecho una lástima.

Aunque no era ocasión de bromear, Pistache le dijo:

—No hay para qué asustarse, señor Francois; aunque el perro no hubiera acudido, yo le hubiera a usted sacado tirándole de la barba.


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