La invasion del mar
La invasion del mar Esta explicación debía de ser exacta. Hallábanse en presencia de un fenómeno sísmico, cuya importancia todavía no les era dable apreciar. Y por efecto de estas perturbaciones era posible que el mar del Sahara se hubiera hecho por sí mismo, y aún más vasto de lo que el capitán Roudaire había soñado.
Por otra parte, un nuevo rumor, todavía lejano, llenaba el espacio. No era a través del suelo, sino del aire por donde se propagaba de modo creciente.
Y he aquí que de pronto, hacia el norte, se elevó una nube de polvo, de la que salió un tropel de jinetes huyendo a toda velocidad, como habían hecho los animales.
—¡Hadjar! —exclamó el capitán Hardigan.
Sí, era el jefe tuareg y sus compañeros, que huían a rienda suelta de un monstruoso torbellino que amenazaba arrollarlos, extendiéndose por toda la hondonada.
Dos horas habían transcurrido desde que los animales hubieron pasado y el sol había desaparecido. En medio de la inundación creciente, el tell era el único refugio que se ofrecía a la banda de Hadjar: una isla en medio de aquel nuevo mar.