La invasion del mar

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Diez minutos después Harrig se reunía con sus compañeros en la sala baja del cafetín, y como medida de precaución uno de ellos se quedó en la puerta vigilando.

Harrig les puso al corriente de la situación.

Durante los días que duró su arresto tuvo repetidas ocasiones de conferenciar con Hadjar. No podía parecer sospechoso que dos tuaregs encerrados en la misma prisión entablaran relaciones. Por otra parte, el jefe rebelde sería conducido a Túnez, en tanto que Harrig quedaría bien pronto en libertad.

La primera pregunta, que fue dirigida a este último cuando Djemma y sus compañeros llegaron al cafetín del levantino, la hizo Sohar.

—¿Y mi hermano?

—¿Y mi hijo? —añadió la anciana.

—Hadjar está prevenido —contestó Harrig—. En el momento de salir de la prisión he oído el cañonazo del Chanzy… Hadjar sabe que será embarcado mañana temprano, y esta misma noche intentará la evasión.

—Si así no lo hace —dijo Ahmet—, todo estará perdido.

—¿Y si no lo consiguiera? —murmuró Djemma con voz sorda.

—Lo conseguirá con nuestra ayuda —afirmó Harrig resueltamente.


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