La invasion del mar
La invasion del mar El dueño del cafetín intervino; conocía al alcaide del fuerte. La pena impuesta a Harrig había terminado la víspera; pero lo cierto era que el indígena no había sido puesto en libertad, y precisaba que se le abrieran las puertas de la cárcel, en caso de que no hubiese incurrido en una agravación por alguna falta disciplinaria, lo cual era poco probable.
El levantino resolvió, por lo tanto, dirigirse en busca del alcaide, quien durante sus horas de asueto solía acudir al cafetín. En cuanto anocheció tomó el camino del fuerte.
Pero no fue necesaria su diligencia, que más tarde, una vez cumplida la evasión, hubiera podido aparecer sospechosa. Cuando el levantino se aproximaba a la poterna, un hombre se cruzó en el camino.
Era Harrig. Solos los dos en medio del sendero que desciende del fuerte, no podían temer ser vistos ni oídos, ni siquiera espiados. Harrig no era un prisionero que se evade, sino un preso a quien se pone en libertad por haber cumplido su pena.
—¿Y Hadjar? —preguntó el levantino.
—Está prevenido —contestó Harrig.
—¿Para esta noche?
—Para esta noche… ¿Y Sobar, y Ahmet, y Horeb?
—No tardarás en verlos.