La invasion del mar
La invasion del mar El jefe tuareg aún no tenía cuarenta años. Era un hombre alto, de blanca tez bronceada por el sol de fuego de las zonas africanas, delgado, fuerte, duro para todos los ejercicios corporales, destinado a gozar durante mucho tiempo de todas sus facultades físicas, dada la sobriedad que distingue a los indígenas de su raza, que con una alimentación puramente vegetal, dátiles e higos, mantiénense robustos y fuertes.
No sin razón Hadjar había adquirido una poderosa influencia sobre los tuaregs nómadas del Touat y del Sahara. Su audacia igualaba a su inteligencia. Sus cualidades habíalas heredado de su madre, que pertenecía a una raza en la que las mujeres sirven de norma para la descendencia, hasta el punto de que el hijo de un padre esclavo y una mujer noble, es noble de origen, sin que se verifique lo contrario. Toda la energía de Djemma habíanla heredado sus hijos, que no se separaron de ella en los veinte años que llevaba de viudez. Bajo su influjo había adquirido Hadjar las cualidades de apóstol, ornadas por una hermosa figura, barba negra, ojos ardientes y actitud resuelta. A su voz las tribus se hubieran alzado en rebeldía, de haber querido lanzarlas contra el extranjero proclamando la guerra santa.
Era, pues, un hombre en todo el vigor de la edad; pero no hubiese podido llevar a cabo su evasión sin la ayuda de los de fuera. Efectivamente, no bastaba llegar al orificio del sumidero después de forzar la reja.