La invasion del mar
La invasion del mar Hadjar, conocedor del golfo, sabÃa que se formaban corrientes de gran violencia, aunque las mareas fuesen tan débiles como en casi todo el Mediterráneo; no ignoraba que ningún nadador podrÃa resistirlas y que el que lo intentase serÃa llevado mar adentro antes de lograr poner el pie en una de las playas próximas al fuerte. Era, por lo tanto, indispensable disponer de una barca que estuviese apostada al pie del bastión.
Tales fueron los informes que Harrig proporcionó a sus compañeros.
Cuando hubo acabado, el dueño del cafetÃn se limitó a decir:
—Tengo allá abajo una canoa a vuestra disposición…
—¿Y me conducirás tú hasta el lugar donde está? —preguntó Sohar.
—Desde luego.
—Pues cumple tus promesas, que nosotros cumpliremos las nuestras y doblaremos la suma prometida si logramos salir con éxito de nuestra empresa.
—Conseguiréis vuestros propósitos —afirmó el levantino, que no veÃa en todo esto más que un negocio del que sacar no escasos beneficios.
Sohar, que se habÃa puesto en pie, dijo:
—¿A qué hora nos espera Hadjar?
—Entre once y doce —contestó Harrig.