La invasion del mar
La invasion del mar El jefe tuareg estaba en aquel momento solo en la celda, donde habÃa de pasar la última noche. Una hora antes, el carcelero habÃale dejado allÃ, cerrando con gruesos cerrojos la puerta del patinillo que daba acceso a la prisión.
Hadjar esperaba el momento propicio con esa paciencia que caracteriza al árabe, tan fatalista y tan dueño de sà mismo en todas las circunstancias de la vida. HabÃa oÃdo el cañonazo del Chanzy, y no ignoraba, por lo tanto, la llegada del crucero; también sabÃa que no le quedaba más que aquella noche de fortaleza, y que en cuanto amaneciese serÃa trasladado a bordo, sin que volviera ya a ver más a los suyos. Pero a la resignación musulmana unÃase la esperanza de obtener éxito en la tentativa.
Hadjar estaba seguro de poder franquear el orificio del sumidero; pero ¿estarÃan allà sus compañeros con la embarcación necesaria para ganar la orilla?
Transcurrió una hora. De vez en cuando Hadjar salÃa de la celda, se colocaba en la boca del sumidero y prestaba oÃdo a los rumores del exterior. El ruido de una embarcación rozando la muralla hubiera llegado distintamente hasta él. Pero nada oÃa y volvÃase a su puesto, donde guardaba una inmovilidad absoluta.