La invasion del mar
La invasion del mar A veces iba también a escuchar cerca de la puerta del patinillo, espiando los pasos de algún vigilante, temiendo que se procediese a su embarque aquella misma noche. El silencio más completo reinaba en los alrededores del fuerte, y únicamente lo interrumpían de vez en cuando los pasos de un centinela situado en la plataforma del bastión.
Sin embargo, aproximábanse las doce, y según lo convenido con Harrig, media hora antes debía haber ganado la extremidad del paso, después de forzar la reja. Si en aquel momento la barca estaba lista, el fugitivo caería a bordo inmediatamente. Si no había llegado, esperaría hasta las primeras luces del alba. Y quién sabe si, de no acudir sus compañeros, se arriesgaría Hadjar a salvarse a nado, a pesar del peligro de ser arrastrado por las violentas corrientes del golfo. Ésta sería la última probabilidad de escapar a la pena de muerte.
Hadjar se aseguró de que nadie se dirigía hacia el patinillo, ciñó sus vestiduras alrededor de su cuerpo, y deslizóse por el orificio del sumidero.
Éste medía una treintena de pies de longitud y su anchura era la precisa para que un hombre de regular corpulencia pudiera introducirse en él. Hadjar tuvo que hacer algún esfuerzo para llegar hasta la reja, desgarrándose el jaique contra las piedras de las paredes.