La invasion del mar

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Ya hemos dicho que los barrotes de la reja estaban en muy mal estado, y, después de unas cuantas sacudidas, el obstáculo se abatió, dejando libre el paso.

El jefe tuareg no tenía, pues, que avanzar más que dos metros para dar vista al exterior, y éste fue el trayecto más penoso, porque el orificio se achicaba al llegar a su extremidad. No obstante, Hadjar logró llegar hasta el fin y no tuvo necesidad de esperar.

Apenas había sacado la cabeza al exterior, llegaron distintamente a sus oídos estas palabras:

—Hadjar, aquí estamos.

El rebelde hizo un último esfuerzo, y la parte anterior de su cuerpo salió fuera del orificio, a la altura de diez pies sobre el agua.

Harrig y Sohar se alzaron hacia él, y en el mismo momento dejóse oír un ruido de pasos. Parecía proceder del patinillo; tal vez algún carcelero enviado a vigilar al preso o a sacarle para proceder a su inmediato traslado a bordo. Si la evasión llegaba a ser descubierta, inmediatamente se daría la voz de alarma en el fuerte y todo podría darse por perdido.

Afortunadamente, no era nada. El centinela, que se paseaba cerca del parapeto, era quien producía aquel ruido. Tal vez la barca habría despertado su atención al aproximarse; pero desde el lugar que ocupaba el soldado no era posible advertir esta pequeña embarcación en medio de la oscuridad.


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