La invasion del mar
La invasion del mar 
De todos modos, era necesario obrar con mucha prudencia. Pasados unos instantes, Sohar y Harrig cogieron a Hadjar por los hombros, le fueron atrayendo poco a poco, y al fin estuvo junto a ellos en la canoa.
De un golpe vigoroso, la barca se separó de la muralla. Era preferible no costear la fortaleza ni la playa; más valía remontar el golfo hasta la altura del lugar donde esperaban los caballos. También había que evitar el encuentro con los barcos que salían y entraban en el puerto, pues aquella noche de calma favorecía a los pescadores.
Al pasar a la altura del Chanzy, Hadjar se puso en pie y, con los brazos cruzados, lanzó al crucero una mirada de odio. Luego, sin pronunciar una palabra, volvió a sentarse en la popa de la embarcación.
Media hora después desembarcaban en la playa; una vez la barca en seco, el jefe rebelde y sus acompañantes se dirigieron al morabito, sin que tuvieran que lamentar ningún mal encuentro.
Djemma se abalanzó hacia su hijo, a quien estrechó entre sus brazos, sin decirle más que esta palabra:
—¡Ven!
Luego, le abrazaron Ahmet y Horeb.
Tres caballos esperaban dispuestos a lanzarse bajo las espuelas de sus jinetes.