La invasion del mar

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—Todo está dispuesto, madre mía —afirmó Sohar—. Nuestros compañeros nos esperan… Los de Gabes han preparado la evasión… Los de Djerid servirán de escolta a Hadjar, y antes de venir el día, estarán todos en el desierto.

—Y yo con ellos —exclamó Djemma—. No quiero abandonar a mi hijo.

—Y yo también iré con vosotros —añadió Sohar—; no abandonaré a mi hermano ni a mi madre.

Djemma se levantó y le estrechó entre sus brazos. Luego, ajustando el capuchón del jaique, franqueó el umbral.

Precedida por Sobar, dirigiéronse ambos hacia Gabes. En vez de seguir por el litoral, a lo largo del camino marcado por las hierbas marinas que la última marea dejara en la playa, siguieron la parte baja de las dunas, para pasar más inadvertidos en el trayecto de kilómetro y medio que tenían que recorrer. Allí estaba el oasis, la masa de árboles, cuya sombra creciente presentábase confusamente al ojo escrutador. A través de la oscuridad no brillaba ni un punto de luz. En las casas árabes, desprovistas de ventanas, la luz del día penetra por los patios interiores, y, cuando llega la noche, ninguna claridad se escapa al exterior.


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