La invasion del mar

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Sin embargo, no tardó en aparecer un punto luminoso por encima de los vagos contornos del poblado. El rayo luminoso, bastante intenso, debía proceder de la parte alta de Gabes, tal vez del minarete de una mezquita, acaso del castillo que la dominaba.

Sohar mostró con el brazo aquella luz. —El fuerte…— dijo.

—¿Es allí, Sohar? —preguntó Djemma.

—Allí es donde está encerrado, madre mía.

La anciana se había detenido. Parecía que aquella luz había establecido una especie de comunicación entre ella y su hijo. Desde que este temible jefe tuareg cayera en manos de los soldados franceses, Djemma no había vuelto a ver a su hijo, ni conseguiría verlo más, a menos que aquella noche no consiguiera escapar a la suerte que la justicia militar le deparaba. Djemma permanecía inmóvil, y fue preciso que Sohar le repitiese por dos veces:

004

—Venga usted, venga usted, madre mía.

Los caminantes continuaron hacia el oasis de Gabes, el poblado más considerable que ocupa la orilla continental de la Pequeña Sirte. Sohar se dirigía hacia el grupo de casas que los soldados llaman Conquinville. Es una aglomeración de construcciones de madera, donde reside toda una población de mercaderes.


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