La invasion del mar

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Más allá de los extremos límites de este oasis, remontando el curso del Oued-Melah, la caravana se internó en un terreno árido, a través del cual prolongábase el nuevo canal. Allí es donde los trabajos habían exigido el concurso de millares de brazos. A pesar de todas las complicaciones, la Compañía franco-extranjera había dispuesto de todos los obreros árabes que necesitó, pagándoles un jornal más elevado. Únicamente las tribus tuaregs y algunas otras nómadas habían rehusado tomar parte en la apertura del canal.

El ingeniero iba tomando notas por el camino.

Había que hacer algunas rectificaciones en los taludes de las orillas y en el lecho del canal para encontrar la pendiente calculada, con el fin de obtener un rendimiento suficiente, como lo había establecido el capitán Roudaire, «tanto para llenar las depresiones, como para mantenerlas a un nivel constante, sustituyendo el agua que se evapora cada día». Esta pendiente era de cinco centímetros por kilómetro, y teniendo el canal 190 kilómetros de largo hasta Rharsa, debía ser abierto con una profundidad de seis metros en el comienzo, para alcanzar hasta 15 al final.

—Estas cifras indicadas por Roudaire —dijo el ingeniero— no han sido rebasadas, y más vale así, dada la movilidad del suelo por donde cruza el canal.

—¿Qué anchura debe tener en el principio? —preguntó el capitán Hardigan.


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