La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Ciro Smith y sus compañeros se acercaron al diván y dispusieron los cojines de modo que el moribundo estuviera más cómodo. Vieron entonces que las miradas del capitán se detenían en todas las maravillas de aquel salón, iluminado por los rayos eléctricos que pasaban a través de los arabescos de un techo luminoso. Contempló uno tras otro los cuadros suspendidos sobre los espléndidos tapices que cubrían las paredes, las obras maestras de los pintores italianos, flamencos, franceses y españoles; las figuras de mármol y de bronce, que se levantaban sobre sus pedestales; el órgano magnífico apoyado en la pared de popa; las vidrieras dispuestas alrededor de un acuario central en el cual se ostentaban los más admirables productos del mar, plantas marinas, zoófitos, rosarios de perlas de inapreciable valor, y, por fin, sus ojos se detuvieron en la divisa escrita en el frontón de aquel museo, que era la divisa del Nautilus:
